La inclusión laboral de personas con discapacidad es una oportunidad para todos

El Informe Mundial sobre Discapacidad (OMS, 2011) da cuenta que aproximadamente el 15% de la población mundial son personas con discapacidad. Esto implica cerca de 1.000 millones de personas, de las cuales 785 millones están en edad de trabajar.

También nos dice que las tasas de empleo son más bajas para los hombres con discapacidad (53%) y las mujeres con discapacidad (20%) que para los hombres sin discapacidad (65%) y las mujeres sin discapacidad (30%). En los países de la OCDE, la tasa de empleo para las personas con discapacidad representa un 44 %, siendo un poco más de la mitad de la correspondiente a las personas sin discapacidad (75%).

En esa línea, delimitando el análisis a los datos disponibles en la Argentina, los relevamientos realizados por INDEC en 2010 y 2014, dan cuenta que la tasa de empleo de las personas con discapacidad era del 44,6% mientras que en la población total representa el 61,7%. Por otro lado, la información relevada en el período 2002-2003 a través de la primera Encuesta Nacional de personas con discapacidad (ENDI), arroja que la tasa de empleo de la población total en edad laboral duplicaba la correspondiente a la población con discapacidad (48,1% y 24,9% respectivamente), confirmando los planteos de los estudios internacionales.

Podemos decir que la demanda de oportunidades de empleo para personas con discapacidad no es un tema nuevo ni un tema que ha perdido vigencia. Si bien en los últimos años la temática ha ingresado en las agendas públicas del Estado, así como en las agendas del sector privado, sigue siendo uno de los ejes centrales en los reclamos para el efectivo cumplimiento de los derechos de las personas con discapacidad a participar de manera plena en el mercado laboral y todos los procesos sociales, culturales, y económicos que hacen a una comunidad.

Es difícil que no coincidamos en que trabajar nos permite no sólo el acceso a los recursos necesarios para cubrir las necesidades básicas para sobrevivir, sino que nos otorga identidad social y personal, estatus y prestigio, permite el desarrollo de relaciones sociales, estimula el desarrollo continuo de nuestros conocimientos y habilidades y nos proporciona sentimientos de poder y control sobre nuestras propias vidas, pudiendo decidir con independencia y autonomía qué, cómo y dónde vivir. ¿Cuáles serían las razones para sostener que no son aplicables a las personas con discapacidad?

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (ONU, 2006) establece que “las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”. De esta manera, la Convención enmarca esta definición en el respeto por la diferencia y la aceptación de las personas con discapacidad como parte de la diversidad y la condición humana. La discapacidad es un concepto que evoluciona y actualmente se considera la discapacidad como un fenómeno social, ya que está en función del entorno y de las actitudes predominantes de la sociedad. En este sentido, el concepto de discapacidad puede variar de una sociedad a otra dependiendo de las barreras que se presentan en el entorno cuando no se ajusta a la condición de la persona con discapacidad, y de las actitudes sociales negativas que impiden o restringen la participación plena y efectiva en la sociedad, cercenando derechos y dificultando la participación en igualdad de condiciones con las demás personas.

Desde La Usina, estamos convencidos que el secreto está en nuestra mirada, en cómo – al relacionarnos con una persona con discapacidad – tendemos a focalizar la atención más en aquello que falta, falla o funciona distinto en lugar de otras características, como por ejemplo las capacidades que sí tiene o, más aún, lo que podríamos hacer distinto nosotros para que la deficiencia no sea un impedimento para participar activa y plenamente de la vida. Si todas las personas tuviéramos la oportunidad de interactuar con personas con discapacidad en todos los ámbitos en los que habitualmente nos desarrollamos, incluido el laboral, se abriría la oportunidad de ampliar nuestras mirada sobre la diversidad y las diferencias entre las personas, de entender que la discapacidad no es un problema, sino una oportunidad para aprender de otros y de nosotros mismos y aprovechar las diferencias como fuente de enriquecimiento para todos.

Los desafíos a superar son grandes, pero los beneficios asociados también lo son. En próximos artículos iremos abordando diferentes aspectos que permitan abrir nuevos horizontes de pensamiento y acción en los entornos laborales que favorezcan cambios.

 

Mag. Susana Steyerer
Coordinadora del Programa Integral de Acompañamiento a Empresas para la inclusión laboral de personas con discapacidad.

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